
He pasado este tiempo tocando sevillanas para una pequeña serie de vídeos, un short cada vez, y lo primero que tuve que desaprender es lo que casi todo el mundo cree. La gente oye la guitarra, los brazos en alto, el vestido de volantes, y piensa: flamenco. No es flamenco. La verdadera historia es más antigua, y para mí es mejor.
Empezó en la tierra de Don Quijote
Las sevillanas vienen de la seguidilla, una canción popular nacida arriba, en Castilla, en La Mancha. Esa es la tierra de Don Quijote, la meseta seca de molinos y ventas. No era música de la corte. Era música del campo, cantada rápida y alegre, en compás de tres, al final de la jornada. A Cervantes le gustó tanto que metió seguidillas en sus libros, en la Segunda Parte del Quijote, en 1615, y en La ilustre fregona antes de eso.
Desde La Mancha, la canción se echó al camino. Bajó hacia el sur por las rutas, de voz en voz, sin nada escrito, llevada por arrieros, comerciantes y gente que solo quería hacer más corto el camino largo. Y llegó a Sevilla, que en aquella época era la ciudad más rica de España, el único puerto con el monopolio del comercio con las Américas. Sevilla oyó la canción y la hizo suya.
Sevilla la vistió de flamenco
Aquí nace la confusión. En el siglo XIX, en la época de los cafés cantantes, Sevilla le prendió fuego a esta canción popular castellana. Le puso la guitarra, las palmas, los brazos en alto, esa gracia gitana, el vestido lleno de volantes. A eso lo llaman aflamencamiento. La vistió de flamenco.
Esa gracia prestada es justo por lo que hoy crees que es flamenco. Pero nunca dejó de ser lo suyo. La palabra "sevillanas" para el baile ni siquiera entró en el diccionario hasta 1884, y el baile ya era viejo para entonces. Sevilla le puso un traje de flamenco. Por debajo nunca fue un palo flamenco.
El gesto que te delata
Unas sevillanas completas son cuatro bailes, y juntos cuentan una pequeña historia de cortejo: un poco de coqueteo, luego el ir y venir, después un enfado fingido, y por fin las paces. Nadie lo escribe. Cada sevillano lo aprende de niño, en el cuerpo, mirando.
Cada uno de los cuatro termina igual, con el remate. Es la parada seca en el último compás, los dos clavados juntos, un brazo arriba. Ese final es el secreto. Fállalo por un suspiro, llega tarde, levanta el brazo que no es, y todos en la sala saben que no eres de aquí. Es la cosa pequeña que te delata.
Una semana que no quiere acabar
Si quieres ver dónde viven hoy las sevillanas, vete a la Feria de Abril. Una vez al año Sevilla construye una ciudad entera que ayer no existía: mil casetas de lona a rayas, calles techadas de farolillos, caballos y carruajes, vestidos de flamenca por todas partes. A medianoche se enciende la portada de golpe, y durante seis días, de la tarde al amanecer, el mismo baile suena en cada caseta. La abuela, el niño, el desconocido total. Todos se saben los pasos.

Y luego está El Rocío. Cada primavera, más de un millón de personas salen a pie, a caballo y en carretas tiradas por bueyes, cruzando las marismas salvajes de Doñana hacia una aldea diminuta de Huelva. De día el cante es pura alegría. De noche, junto al fuego, se hace más hondo, y la misma forma se vuelve oración. El mismo baile que llena una caseta también se convirtió en una manera de cantarle a la Virgen al amanecer.
Le enseñó a bailar al mundo entero
Esta es la parte que siempre me hace sonreír. Los del Río, un dúo de cerca de Sevilla, llevaban cantando sevillanas desde 1962. En 1993 escribieron una cancioncilla de rumba-pop. No era una sevillana, no del todo, pero llevaba dentro la alegría de Sevilla. La has oído. La Macarena. Un remix la mandó por todo el planeta, de las bodas a los estadios.
Así que un baile popular de hace quinientos años, y el trozo de tierra que lo crió, acabaron enseñándole a moverse al mundo entero. Es lo que se me queda en la cabeza cuando toco estas piezas. Parece flamenco, la gente jura que es flamenco, y por debajo es algo más humilde y más terco: una canción del campo que se negó a dejar de bailar.